jueves, 20 de febrero de 2014

Pablo Gentili


Un zapato perdido (o cuando las miradas “saben” mirar)


"Para aclarar las confusas ideas que me invadían decidí salir con Mateo, mi hijo de un año, a hacer unas compras. Las necesidades familiares eran, como casi siempre, eclécticas: pañales, disquetes, el último libro de Ana Miranda y algunas botellas de vino argentino difíciles de encontrar a buen precio en Río de Janeiro. Luego de algunas cuadras, Teo se durmió plácidamente en su cochecito. Mientras él soñaba con alguna cosa probablemente mágica, percibí que uno de sus zapatos estaba desatado y casi cayendo. Decidí sacárselo para evitar que, en un descuido, se perdiera. Pocos segundos después, una elegante señora me alertó: “¡Cuidado!, su hijo perdió un zapatito”. “Gracias, respondí, pero yo se lo saqué.” Algunos metros más adelante, el portero de un edificio con garaje, aparentemente de sonrisa tímida y palabra corta, movió la cabeza en dirección al pie de Mateo diciendo en tono grave: “El zapato”. Levantando el dedo pulgar en señal de agradecimiento continué mi camino. Antes de llegar al supermercado, doblando la esquina de la Avenida Nossa Senhora de Copacabana y Rainha Elizabeth, un surfista igualmente preocupado con el destino del zapato de Teo dijo: “OI, mané, tu hijo perdió la sandalia”. Erguí el dedo nuevamente y sonreí en señal de agradecimiento. Ya en el supermercado, los llamados de atención continuaron. La supuesta pérdida del zapato de Mateo no dejaba de generar diferentes muestras de solidaridad y alerta. Llegando a nuestro departamento, Joao, el portero, haciendo gala de su habitual histrionismo, gritó despertando al niño: “¡Teo!, tu papá perdió de nuevo el zapato”.
El sol tornaba aquella mañana especialmente brillante. La preocupación de las personas por el paradero del zapatito, aunque insistente, le daba un toque solidario que la hacía más alegre o, cuanto menos, fraternal. Sin embargo, una vez a resguardo de los llamados de atención, comenzó a invadirme una incómoda sensación de malestar. 
Río de Janeiro es, como cualquier gran metrópoli latinoamericana, un territorio de profundos contrastes, donde el lujo y la miseria conviven en forma no siempre armoniosa. Mi desazón era, quizás, injustificada: ¿Qué hace del pie descalzo de un niño de clase media La generación de condiciones institucionales para la enseñanza motivo de reparo y circunstancial preocupación en una ciudad con centenas de chicos descalzos, brutalmente descalzos? ¿Por qué, en una ciudad con decenas de familias viviendo a la intemperie, el pie superficialmente descalzo de Mateo llamaba más la atención que otros pies cuya ausencia de zapato es la marca inocultable de la barbarie que supone negarlos más elementales derechos humanos a millares de individuos? La pregunta me parecía trivial. Sin embargo, de a poco, fui percibiendo que aquel acontecimiento tenía bastante que ver con el libro que quería escribir, y esta sensación, lejos de tranquilizarme, me perturbó todavía más. Traté de ordenar en vano mis ideas. 
La posibilidad de reconocer o percibir acontecimientos es una forma de definir los límites siempre arbitrarios entre lo “normal” y lo “anormal”, lo aceptado y lo rechazado, lo permitido y lo prohibido. De allí que, mientras es “anormal” que un niño de clase media ande descalzo, es “absolutamente normal” que centenas de chicos de la calle anden sin zapatos y deambulando por las calles de Copacabana pidiendo limosnas.
La “anormalidad” vuelve los acontecimientos visibles al mismo tiempo que la “normalidad” suele tener la facultad de ocultarlos. Lo “normal” se vuelve cotidiano. Y lo cotidiano se desvanece ante la percepción como producto de su tendencial naturalización. 
En nuestras sociedades fragmentadas, los efectos de la concentración de riquezas y la ampliación de miserias se diluyen ante la percepción cotidiana no sólo por efecto de la frivolidad discursiva de los medios de comunicación, sino también por la propia fuerza que adquiere todo aquello que se torna cotidiano (o sea, “normal”). Expresado sin tantos rodeos, lo que pretendo decir es que, hoy, en nuestras sociedades dualizadas, la exclusión es invisible a los ojos. Ciertamente, la invisibilidad es la marca más visible de los procesos de exclusión en este milenio que comienza. La exclusión y sus efectos están ahí. Son evidencias crueles y brutales que nos enseñan las esquinas, que comentan los diarios, que exhiben las pantallas. Sin embargo, la exclusión parece haber perdido poder para producir espanto e indignación en una buena parte de la sociedad."

viernes, 14 de febrero de 2014

"...No te enamores de una mujer que lee, de una mujer que siente demasiado, de una mujer que escribe... No te enamores de una mujer culta, maga, delirante, loca. No te enamores de una mujer que piensa, que sabe lo que sabe y además sabe volar; una mujer segura de sí misma. No te enamores de una mujer que se ríe o llora haciendo el amor, que sabe convertir en espíritu su carne; y mucho menos de una que ame la poesía (esas son las más peligrosas), o que se quede media hora contemplando una pintura y no sepa vivir sin la música. No te enamores de una mujer a la que le interese la política y que sea rebelde y sienta un inmenso horror por las injusticias. Una que no le guste para nada ver televisión. Ni de una mujer que es bella sin importar las características de su cara y de su cuerpo. No te enamores de una mujer intensa, lúdica, lúcida e irreverente. No quieras enamorarte de una mujer así. Porque cuando te enamoras de una mujer como esa, se quede ella contigo o no, te ame ella o no, de ella, de una mujer así, JAMÁS se regresa..."



lunes, 10 de febrero de 2014

Procesos

Vivir es fluir, "cuchillear", ir picoteando algo de vos, algo de él, algo de mi. Nos imagino a todos en una gran reunión, un gran re encuentro tal vez. - Henos aquí, dice una voz. La voz de cualquiera, la voz de todos. Una voz conocida, que deja su eco, su reverberancia, nos impregna y empalaga. Después de todo, no es distinta al resto de las cosas. Cada vez que algo nos toca, nos roza, deja en nosotros algo de él (de eso) llevándose, en el mismo instante, algo de nosotros mismos. De este modo, nada ni nadie viene para dejarnos en el mismo modo en que nos encuentra. No puede. Simplemente no puede. Por mera condición de humano (o no-humano) no puede. No está (estamos) capacitados para permanecer inmóviles frente a una ida o venida en nuestro entorno. Entonces pues, si por cada roce cambiamos, imaginémosnos en esa "gran reunión" en donde todos oscilamos entre todos nos chocamos nos sentimos nos olemos. El (inter) cambio de fragancia,la cual, poco a poco, va evolucionando hasta convertirse en una sola, lineal y homogénea. Un aroma que es la construcción de todos, todos y cada uno de nosotros aportamos algo, todos somos dueños, y todos la poseemos. Ahora bien, supongamos que nunca hubiese dicho fragancia; escribo y re-escribo; supongamos que hubieses leído ideología, culto, construcción común. Si hubiese sido así, que así lo fue,  tendría como resultado la construcción de algo mucho más grande y emblemático: una democracia. La fuimos formando entre todos, fue naciendo de entre los picoteos de opiniones.
De este modo, juntos, nosotros fuimos cambiando a lo largo de todo este proceso. La tierra está viva, por lo que todo lo que está en su faz se transforma. Si pudiéramos sacarnos de la cabeza nuestro modelo tridimensional para incluir una cuarta línea nos daríamos cuenta que nosotros mismos somos un proceso, un proceso que nace de la planificación (o no) de otras personas y uno que no muere, pues vive para siempre en todas aquellas personas que rozó alguna vez armándose una cadena de interminables ramificaciones, una cadena que crece, de la mano de nosotros mismos, cada día más.
Y así es como acaba todo. Al fin y al cabo, la vida (sólo) es una serie de sucesos.

lunes, 3 de febrero de 2014




Me hiciste querer el otoño con pocos motivos. 
Me lo sacaste de las manos con aún menos.




jueves, 30 de enero de 2014

Acento, Tonada.

25/01/14

"Fijate que cuando sonreís se te forman unas comillas en cada extremo de la boca. Esa, tu boca, es mi cita favorita"

Princesa, cuanto te extraño! Ya pasaron unos días desde que partiste hacia tierras cordobesas, y parecen años.
Me acuerdo del beso de despedida, aquel último momento en que te vi todavía está guardado en mi cabeza en forma de letras, siendo mas bello que cualquier libro; en forma de sonidos, siendo mas hermosos que cualquier canción; y en forma de imágenes; ayudándome a esperar todos los días restante que son necesarios para volverte a ver.
Esta carta tiene dos propósitos: el primero, el más importante y fundamental, es decirte: ¡Felices 8 meses! Felices 245 días y felices muchos (muchísimos) minutos que pasamos juntos.
Sin vos no sería lo que soy hoy, gracias por tanto mi amor, pero gracias en especial por hacerme explotar de sentimientos y por ver en mi simplemente a una persona.
El otro motivo es compartirte, de una vez por todas, todo lo que escribo, para no ocultarte nada, para que me conozcas desde los pies hasta los pelos pasando, en el medio, por todo lo que soy, desde mis miedos hasta mis alegrías.

Pero algo más:
       Gracias por prepararme un destino extraordinario juntos a vos.

Asi que..
Baliemos
o mejor besarnos
nos escondemos
te miro
o nos miramos
vivir  a b r a z a d o s 
pero juntos

Espero que la pases muy bien allá linda, que tengas tiempo de pensar y relajarte. Yo voy a estar esperándote aca, pensándote a gritos.
Te amo para siempre
Agustín

P/D: Y pensar que un día vamos a soñar sobre la misma almohada

martes, 28 de enero de 2014

#Ambigüedad

Entre con la idea de escribir sobre amor, relaciones y bla bla bla. Pero mi cabeza esta pasando por otra fase de pensamientos right now. Motores, física, cosas de las que no entiendo pero hablo igual, hablabamos igual tomados de la mano. Nos hacíamos los físicos experimentales para pasar el rato, para gustarnos.
Pero ahora, a meses de esos sucesos, motores? ... ¿motores?
La cuestión resucitó al escuchar hablar a un hippie sobre el motor de la vida. La muerte él aseguraba, la muerte es lo que a todos nos mantiene en movimiento, el causal de la existencia y el progreso.
Me abstengo, obviamente, pensé firmemente a los gritos. Si fuera cuestión de nacer para morir me sentaría cómodamente en un sillón tomando una cerveza aguardando la hora. Si fuera morir el motor de mi vida preferiría empujar mi bote a vela, que el viento me lleve y que sea el señor de mi destino. 
Se me pasa por la cabeza algo mas fuerte, algo MUCHO más fuerte, algo que no tiene principio ni fin, no tiene entendimiento ni entendidos. Algo que te atrapa y te cambia totalmente: Amor. Pero amor sano, basado en la aceptación. Un amor que entiende y perdona; como eso que siente un perro cuando su amo llega a casa después de todo un día y él lo único que hace es saltarle para lamerle la cara.
Si bien la muerte nos es propia, el amor es nuestra esencia, tenemos mas amor que sangre en nuestros cuerpos. Cualquiera ama, y cualquier amor sirve: Amor a algún plan, a algún ideal que nos lleve para adelante, amor a una chica tal vez, amor a la religión de cada uno o amor a la vida. Cualquiera ama, hasta el más malo de los malos lo siente. Es una enfermedad, y para ella, no hay cura. Sólo hay que dejarse infectar y así vivir